martes, 29 de diciembre de 2015

La inspiración se busca en lo abismal. Si te inspiran superficies no eres un autentico poeta. No eres un autentico loco. De pequeña me dijeron que la creatividad no es más que la inteligencia divirtiéndose. No lo sé. Cuando miro a mi alrededor, veo sistemas, subsistemas, ramas infinitas que se pierden más allá incluso de la propia existencia. Veo lo infinito en una espiritualidad de luces. Cómo relatividades que sin querer conectan, intentando sobrevivir a una bandada negra , incognoscible, estrangulada y voraz. En medio de grises, en medio de acuarelas, en medio de un cuadro sin arte, de una galería ignorada. Y frente a mí me obstruye inevitable una pantalla opaca, la terrible humanidad. Percepciones vacías. Hoy se repite el juego. Cada vez más cansada. Cada vez se escarpa más como la cúpula que lo contiene, la cúpula que contiene todo aquello que puede mantenerme a flote. Siempre hablo de una luna que soy incapaz de ver . Quizá la Luna es el ventilador sobre lo que se mantiene mi vista turbada de neblina. Hoy, que ya no es hoy, me permito recordarte una vez más, me permito volver a esos recuerdos magníficos que miro desde un enorme pedestal, desde un abismo invertido. Noches en que me encuentro tan segura de poder olvidarte, de haberte olvidado, que voluntariamente te recuerdo. Pero darle inicio a esto resulta mucho más sencillo que darle fin. Ahí es cuando me doy cuenta de que me gustaría decir que ya no tienes lugar en mis pasillos demenciales, pero ardes en mi como alumbre, o quizá, como infierno. Nunca me he comprendido. Mi cabeza es un laberinto oscuro, a veces hay relámpagos impulsivos, pero los oculto. Pero siempre que te vuelvo a ver recuerdo que cuando estaba a tu lado suspirar era un momento etéreo. Recuerdo que vivir valía más que la vida misma. Aun así, debo repetirme la oración del espíritu rasgado. Lo que veo no es absoluto. Nada es tan concreto como parece. Y la realidad no es tan estable cómo me gustaría creer. Esta noche, por lo menos, me daré el gusto de besarme las cicatrices. Deja que me enjuague el alma con el agua fría de mi voz, y deja a la luna asomar su reflejo a mi ventana. Ángel de caos, si me ves en alguno de tus universos abrazame; te echo de menos.

domingo, 22 de noviembre de 2015

Quiero ver en los espejos el alma de la música. Quiero pintar las témperas del rocío de las ventanas. Quiero ver las estrellas en los ojos de los búhos ciegos. Quiero ver los estanques estallar en dragones. Quiero ver las galaxias nacer de las manos de un niño. Quiero ver al ocaso llevarse a mi hermana de su mano. Quiero que se conozcan por fin la pasión y el miedo. Quiero que el ruido blanco se ahogue en mis oídos. Quiero correr como si nadie me viera. Quiero soñar de día. Quiero pensar en las madrugadas. Quiero devolver los puñales de tinta. Quiero amar con la memoria. Quiero amar en las mañanas. Quiero gritar a un campo dorado de trigos. Quiero saltar manchada de flores. Quiero escarcharme ante la belleza vieja. Quiero pisar lugares anónimos. Quiero conservar la sabiduría de los niños. Quiero sufrir ante el altar de sus manos. Quiero dejarme llevar por las nubes. Quiero que el viento rescate mis sueños. Quiero que un hálito de luz me impida caer. Quiero burlarme del negro abismo. Quiero limpiar de metralla mi espalda. Quiero acariciar liebres de campo. Quiero amanecer con olor a pan nuevo. Quiero ver a las ranas sortear los lotos sobre los estanques. Quiero sentir sobre violines el fuego de un recuerdo. Quiero sentirme gigantesca. Quiero sentirme menuda. Quiero preguntar a los árboles su nombre. Quiero abrir armarios encubiertos. Quiero dejar la puerta abierta. Quiero dejar las luces encendidas. Quiero nacer de nuevo. Quiero latir en el lago blanco. Quiero regresar a lo primario. Quiero inundar con tacto mis pensamientos. Quiero desafiar la jungla de la noche. Quiero ver difuminada la luz en el techo de mi cuarto. Quiero volar en el tiempo. Quiero creer en lugares invisibles. Quiero tejer el cielo. Quiero tocar el mundo con mis manos, y dejar en él mi recuerdo. Quiero, y es magnífico saber que tras mucho tiempo, no es uno sólo mi deseo. Ya que por encima de todo, sorprendentemente, lo que más quiero, es que nada acabe aquí.

sábado, 31 de octubre de 2015

Esto lo escribí hace ya año y pico, cuando las cosas empezaron a ir mal. Estaba increíblemente triste, pero era una tristeza serena, supongo.

Al principio todo estaba hecho de una agradable luz. Una tierna inquietud, un suspiro inocente tras otro. Miradas tímidas que se cruzaban al azar, y con ellas, mejillas candentes. Al principio todo estaba hecho de ilusiones. De la diversión que proporcionaba hacer especulaciones sobre el futuro, especulaciones independientes e inciertas. Creo que, al principio, todo es un latido tras otro, incansable. Creo que dos pájaros extraños se encontraron aquella vez. Creo que mis alas heridas hubieran luchado kilómetros por ver qué había de verdad en aquel futuro. Y volé. Pasó el tiempo, eterno viajero del ocaso, renovador y a la vez verdugo, de lo bueno y lo malo. Pensé que si nos manteníamos juntos nada podría faltarme, pensé que sólo podría añorar cada uno de tus rostros. Hoy me planto frente a un espejo, y odio la imagen que me mira desde allí, las tinieblas. Me ha golpeado el sol, pero mi piel aún sigue siendo pálida. Y se escarcha cuando pienso en lo que he perdido tontamente. Pienso: soy mi mayor enemiga. El miedo a ser arrojada al abismo es lo que me ha devuelto a él. No han sido los puñales arrojadizos que me han atacado, que han rozado mi piel sin llegar a clavarse del todo. No han sido las máscaras venecianas sonrientes de mis pesadillas. Lo que me ha traído a esta jaula sin barrotes no es más que mi propio terror a acabar encerrada. He tardado en darme cuenta. Yo les di de lado. Yo y mi agonía. Mientras me retorcía como un tallo podrido en un colchón, bien tapada por algo que en realidad no me protegía, aterrada por enfrentarme a un “no”. Bien, pues lo he logrado. Ese “no” jamás llegó. A cambio, lentamente desaparecieron. Especialmente tú. Ahora temo al sueño, no por las pesadillas, sino porque cada vez que te veo en ellos me pasa factura el tiempo y temo olvidarme de tu voz, temo olvidarme de haberte soñado. Temo que te vayas de nuevo en los sueños en los que estoy muriendo. Aún se recorta mi aire cuando remembro aquella vez, en la que, posiblemente, vi a la persona más hermosa que podría tropezarse ante mí. Y escribo esto porque no sé cómo expresarlo, porque nunca nadie me ha hecho sentir tan impotente, y tan poderosa. Porque nadie en este mundo me hizo sentir tan importante, y tan insignificante. Quizás es por eso, porque cada noche le cuento a la Luna mis recuerdos, porque amo hablarle de ti, y por eso, si alguna vez ella te mira y te reconoce, no te sorprendas. Cada noche respiro un poema que lleva tu nombre. He llegado a un punto del camino en el que ya no me importa si poco a poco me evaporo, si mi luz se está yendo con la última estrella, si mis lágrimas se las llevará la postrera ola del mar. Pues es el precio que he pagado por, aun conociendo los riesgos, haber amado de nuevo. Pues me basta con saber que, una vez, compartimos el mismo firmamento. 

domingo, 25 de octubre de 2015

En esta noche, otra noche insomne más, inundada de abismo y esa presa desbordante y confusa de emociones, vuelvo a tener miedo del círculo eterno. No quiero volver a aquel lugar, de culpa, de dolor. No quiero volver a desfigurarme en un espejo. Me sentía a salvo y no debí. No hay nada en este mundo que te aleje de lo cruel. Hoy no. Ahora no. No quiero pasar otra noche derrumbando mis propios fantasmas. La noche es jungla y juego, me persigue y me anestesia y me rompe y se divierte, y se ríe en mi lamento. Noto un instante viento frío, norteño, y de pronto y sin aviso sol poniente del más terrible estío, la luna sigue rielando allá en la acera y el sol amenazante se escapa a mi recuerdo. Quisiera ser honesta y me niego, quisiera negarme y me rehúyo, quisiera rehuírme y desespero, quisiera desesperarme pero en lugar de eso, muero. ¿Acaso yo no puedo amar con la memoria? ¿Acaso no es mi alma un espectro de años? Pues no sé, no sé nada, pues ésta noche los árboles tristes no silban al viento. Escucha niña mía el aire añil de la noche, indoloro, titilante. Pues hoy dormirás en paz durante una madrugada más, y tus sueños silentes me recordarán mis motivos para luchar. ¿Volveremos algún día a dormir acurrucadas, al seno del señor de la oscuridad? ¿Volveremos al coro de Ángeles y a ayudar a aquella pequeña a encontrar su violín? Oh, el camino de estrellas se perdió en mi caminar y ahora, junto al oso de peluche lo recorres sola... Pero, ¿realmente te molesta? En soledad pero nunca sola, una macabra, refleja realidad. Algún día me pregunto, si despertaré de la pesadilla. De momento leeré el haiku taciturno en alta voz: "El ladrón se lo ha llevado todo, todo, salvo la Luna". Así me encuentro yo mientras escribo esto. Otra vez y de nuevo me salva mi pasado, y de nuevo y otra vez me acunan los grillos noctámbulos.

domingo, 6 de septiembre de 2015

Me hace recordar en gritos silentes aquel demonio sin nombre ni cuerpo, aquel demonio que se alimenta de mi hombro, aquel que se arrastra entre llantos, que agoniza porque se encuentra en un solo corazón. Las notas se balancean bajitas, y me demuestran que siempre que exista aquel demonio, un año de recuerdos cabe en un instante de música. Abandono mi humanidad, es lo que hago, con los años, el tiempo mentiroso gangrena las heridas, crecen los cuernos, se vuelve mi piel escarcha y mis ojos pierden el lucero. Aquí estoy, sentada sin llegar a rozar el suelo, viendo pasar un tren que hace años que no pasa, en una estación que ni siquiera es de trenes, hablando en acústico y pensando en orquestal, percatándome, alimentándome de lo humilde, de que sensibilidad y dolor es una redundancia. De que a zancadas débiles mi metáfora se escarpa un poco más. Y la verdad, no sé, si alguna vez volverá a pasar el tren, si alguna vez volverán a escapar de mi pecho trompetazos. No sé si soy un ángel buscando de nuevo su azul, o un demonio teñido de estrellas. Pero hay algo que sé, y es que mi alma se haya en calma sabiendo que existen lugares en el mundo que, con mis manos, he dejado mi recuerdo.

martes, 14 de julio de 2015

Me asomo de nuevo al altar. Las piedras empiezan a desmayarse una tras otra, acosandome, golpeando con sus granadas la flor de mi piel herida. Intento contener los elementos, cierro mis brazos a su alrededor, pero su luz cada vez brilla menos. Intento no ser egoísta. Entonces me asomo al balcón, y pido disculpas a mi gente, pues con vida brotando de mis párpados debo decir que me equivoque, quizás, al elegir los elementos. Supongo que Mhairte está destinado a morir. Supongo que ya no puedo hacer nada por vosotros. Entonces salgo del colegio, que por fin ha recobrado su forma original, y paseo entre la noche sin luna, sin estrellas. Está bien así, creo yo. Ellos se hacen felices mutuamente, como de costumbre, fui fácil de sustituir. Si ellos son felices yo también lo soy. De nuevo el vacío negro. De nuevo ellos en circulo a mi alrededor. Pero esta vez no, esta vez no caeré intentando alcanzaros. Me dijisteis que me queríais, me dijisteis que no me dejariais sola. Me dijisteis que Mhairte seguiría con vida, y ya puedo ver la luz desaparecer en los ojos de sus ciudadanos. Al final, de nuevo, me lo creí. Volví a caer en la trampa. Las conversaciones desaparecen, a mi alrededor cada vez soy menos visible. No tiene sentido pensar que puedo hacer algo. Supongo que después de todo, volveremos a actuar como extraños. Supongo que después de todo, nadie echara de menos mi presencia. Supongo que después de todo, el ser humano ha vuelto a fallarme, pero siempre es culpa mía, siempre ha sido culpa mía, siempre será culpa mía. Cîwnis es la única de la que puedo fiarme después de todo. Oh, vaya. Aquí estoy, en el abismo, de nuevo. Está todo tan oscuro. ¿Que será de mi ahora que todo el mundo espera tanto? ¿Caeré otra vez? No tiene remedio. Nadie me querrá nunca, nadie se quedará a mi lado. Nadie me tapará cuando llueva, ni me protegerá del sol. Debí darme cuenta hace tiempo, de que los condenados, nacemos condenados.

miércoles, 24 de junio de 2015

Cerca. ¿Por qué aunque lejos esté, siempre me siento demasiado cerca? Los ecos desbocados que golpean mi pecho, casi son audibles, y recuerdan a la lágrima que retumba sobre el suelo de una cueva huérfana. Me advierten, por un momento la lógica hace presencia y me prohíbe mirarla, pero me resigno, me niego a parar. El tiempo, ese gran amo del ser humano, libra en estos momentos, y me quedo perdida en un tornado de reflexiones del que no puedo salir. ¡Ay, si tan solo ella alcanzara a comprender! Aunque, no la culpo, puesto que ni yo misma podría describir lo indescriptible, y la palabra “querer”, dimensiones esconde, eso es cierto, pero para mí en este instante, y siendo yo como soy de compleja, simplemente no expresa el sentimiento. El rayo de luz que atraviesa la tormenta, anunciando su fin. El aroma primero de los azahares, tras un duro invierno. El arrullo de las olas salitres, en la noche estival, que calma, y a la vez, desasosiega. La risa cristalina que vence a los demonios cotidianos, que demuestra lo absurdo que es el sentido común. Cada gota de lluvia, fecundando la tierra y nutriendo a las fuentes, alivio de mi sed. La fruta fresca aliada a la margarita. Todo eso y más me sugiere su nombre. Y desearía huir, correr lejos, y quedarme junto a mi cordura, pero a la vez quisiera, de su lado, jamás separarme.
Cerré los ojos. Recosté las manos sobre la tumbona, y las puse en mi estómago, de forma que podía notar si mi tripa bajaba o subía rítmicamente al respirar. Imaginé el más grande abismo, el acantilado más profundo que mi mente limitada era capaz de figurar. Cuando la línea entre la realidad y la imaginación comenzaba a desvanecerse, dejé a mis párpados volar y miré hacia arriba. Ahí estaba. El grandioso precipicio cae en la noche sobre nuestras espaldas. Se extiendió hasta donde alcanzaba el horizonte, y se tiñó de salpicaduras de luz, de gloriosos cuerpos titilantes, y entonces, irremediablemente, la niña de mi interior buscó con la mirada la Luna. Estaba tan lejos mi hogar... y sin embargo lo sentía dentro, su luz, sus océanos secos, su metáfora ideal. Hipnotizada por el silencio, suavemente interrumpido por el agua salina chocando contra las ya desgastadas rocas, decidí volver a cerrar los ojos. A mirar dentro del alma, a ver como se sentía tras semejante espectáculo. Había llegado de nuevo la calma. Arrullada por la infinidad y el misterio del propio sueño humano, me arranqué despacito lo consciente, y entre pinceladas de mar y hojas de luna, me quedé dormida, sin pensar demasiado, al menos, por esa noche.

jueves, 14 de mayo de 2015

Cuantas veces pensaste en alguien y automáticamente sonreíste? Cuantas veces te cuesta respirar cuando estas cerca de esa persona, pero más aun cuando se va? Cuantas veces la has imaginado creando estrellas con tu nombre, haciendo un hueco entre sus pensamientos, un pequeño lugar aunque sea cerca del corazón? Cuantas veces le has hablado a la luna de ella? Si, a ella, me estoy refiriendo a esa persona. Esa persona que sigue siendo lo primero que piensas cuando te dicen que pidas un deseo. Aquella persona que es la meta. Y tu imaginación el transporte hasta ella. Y nunca te has planteado que seria de ti sin una musa? sin tu inspiración?
La persona que amaba y yo teníamos mucho en común. A ambos nos gustaban los videojuegos. A ambos leer, la lluvia, estar solos, y lo mas importante, yo lo amaba, y el se amaba a si mismo.
Pero como todo en la vida el cambió. Su deseo de aprobación hacia los demás lo consumió, el sentimiento ofidio detrás de los sin rostro... lo dejó en un desierto, que se dedicó a cubrir lo único que quedo de mi; una sombra. Una sombra que aun podía sentir.
La locura es interesante. Me recuerda a un montón de tornados arremolinándose, dentro de una caja de cartón. Pensamientos perdidos. Solos, sin hogar. Preguntas sin respuesta. No podría haberme hecho nada peor que asesinarme de esa forma. Y si, sigo viva... Pero de la misma forma? Me preguntaron el otro día si no quería enamorarme. ¿Yo? claro que quiero. Si pudiera. Pero me atenaza el miedo. Y seria lo mismo? Volvería la ilusión, la dulce inquietud, los suspiros inocentes uno tras otro? Lo siento, no puedo seguir arreglando este corazón. Al principio lo formaban miles de colores si, pero fui arrancando trocitos, para poder pintar de nuevo sonrisas en los labios de aquellos a los que proteger. Imagino mi corazón como una flor marchita, un trozo de carbón triste, un barco más sin vela ni rumbo que navega entre soledades. Así que en realidad, no. No quiero enamorarme de nuevo. Este corazón ya no late como antes, mi mecanismo se fue hace tiempo, con la última estrella. Soy un autómata que ve pasar los días, sin sonrisas, sin lágrimas, sin estrellas ni luna. Solo engranajes de metal funcionando de la forma correcta. Pero los autómatas no son seres vivos. Y los muertos no besan, ni abrazan. Y por supuesto y evidentemente... Tampoco aman.

domingo, 10 de mayo de 2015

Ella ha habitado en una vida de fantasmas y demonios. Una vida de futuros que escuecen, de acordes distorsionados, felicidades cortas. En algun lugar del caos, donde la música no llega, donde los sentimientos asoman, en un océano de inmensas praderas, hay un alma joven, con un razonamiento demasiado tierno para alcanzar a dañar. Esa niña solo ha conocido la tranquilidad, pero a la vez, la soledad absoluta. A veces se pregunta por que fue encerrada en ese lugar. Alguien lo hizo. Y ese alguien es ella misma. Porque cuando llegaron los gritos de ira, las bocas negras, toda su inocencia fue aislada del resto para no perderla entre la niebla. Y así la niña y su futuro se dividieron en dos personas totalmente distintas, incapaces de fundirse. Su futuro se acostumbro a los puñales y al corazón con gangrena. Ella ya sabe como esconder socorros en sonrisas, siempre lo ha hecho. Aunque, a veces, en lugar de oír una voz rota y cansada, se escucha un dulce y agudo sonido, con algún tinte de miedo, un miedo propio de un niño. Así, a través del cristal la niña juega sola, mientras la adulta pelea como puede, contra fantasmas y demonios, contra futuros que escuecen, contra acordes distorsionados, contra felicidades cortas. Pero siempre que alguien trate de dañar a su inocencia, la oscuridad de su nube se hará manifiesta, y, aunque ella no se acuerde, logrará defenderla.

viernes, 8 de mayo de 2015

Muchas personas definen la soledad como una mota de polvo flotando en algún lugar recóndito del universo. Imagino que eso tendría sentido si el universo fuera infinito, pero no lo es. Más allá de lo finito, sólo hay vacío. Creo que una mota de polvo flotando en el vacío, el vacío que delimita el universo, es un concepto más acertado. Es decir, la mayoría de las personas son asesinas. Han matado al niño que solían ser. En mi caso fue distinto. Dedico mi vida entera a proteger a la niña que me dio la vida, pero gracias a eso, ahora la niña está sola. ¿Qué pasará se abro el cristal, y la dejo salir? De todas formas, no soy capaz de hacer eso. Sólo nos hemos tenido la una a la otra durante las tempestades, durante la agónica calma. Miro mis manos, y más allá de las ilógicas heridas, sólo veo extremidades inútiles. He estado tan pendiente de esa niña, que ya ni siquiera soy un ser humano. Me he formado sobre los cimientos de la soledad absoluta y la angustia más inhóspita, nadie puede sobrevivir a eso. Nadie sobrevive a las felicidades racionadas. ¿Sabéis que a las aves que crían para hacer almohadas de plumas, se las arrancan mientras viven, y dejan que les vuelvan a crecer para luego repetir el proceso? Así hasta que mueren. Que vi mi corazón como una joya, eso es cierto. Que si a la joya le vas arrebatando sus coloridas piedras, poco a poco pierde su brillo, también es cierto. ¿Quién me arrebató mi estrella? ¿Fue aquel de ojos teñidos? ¿Aquella de pasillos largos, y habitaciones en penumbra? ¿Fueron sólo las polémicas circunstancias del año tan señalado por el pasado? ¿Fueron los cervatillos que huyeron del peligro? ¿Tan peligrosa soy? ¿Algo malo?
Algo malo. Vamos a ser claros, no me siento sola. Lo estoy. Es una realidad asquerosamente duradera, algo que ni siquiera puedo llamar realidad. Nunca he vivido en la realidad. Nunca he sangrado, nunca he llorado lágrimas. Al menos, yo no lo he hecho. El mundo está podrido. Las almas estrelladas no tienen ninguna esperanza aquí. Por eso nos vamos, por eso nos volvemos a dormir, para despertar de la pesadilla.
Estoy hecha de contradicciones posibles. Toda yo soy una paradoja de tiempo. ¿Dónde estoy? ¿Quién soy? Son preguntas que nadie debería permitirse. Pero yo las he preguntado al viento, demasiadas, demasiadas veces. 

miércoles, 6 de mayo de 2015

Estrenamos en 3, 2, 1… A un lado, veo el futuro que iba a tener, y al otro, el pasado del que no logro desprenderme. Puedo oír el llanto de una niña desconsolada que se acaba de dar cuenta de que está sola en el mundo. Y es curioso, porque cae. Cae en una espiral de tiempo, donde actuaciones y hermosas máscaras la acompañan. A un lado, no sólo veo rostros amigables, sino también la desesperación de lo incierto. Al otro, ya no veo los tiempos tristes, sólo manos extendidas ofreciéndose. Pero no sirve de nada. Ya no hay forma de llegar hasta ellas. Cuanto más pequeñas se vuelven sus manos, más amplia su sonrisa, y más lejos la muerte del alma. Y en el centro, evocan mejillas confundidas, pies fríos, pero el corazón caliente. En una playa sin agua, con palmeras sin tronco, donde navegan barcos sin vela, y varios libros sin hojas. Libros muertos, vacíos, farolillos sin luz. Lo único que me ilumina es la Luna, tan atractiva, tan fascinante, tan… prohibida. Una voz débil casi parece preguntar cuál ese temor que me paraliza. Yo me pongo de rodillas, dibujo una sonrisa en la arena, lejos de mi auténtica cara, me enfrento a la nada un instante y respondo: Lo siento, tengo miedo de todo. Y dicho esto, caen las estanterías, se muestran, convalecientes, los libros sin vida, un soplo de viento se lleva la Luna, se abre en dos el suelo, y yo tengo que saltar a un lado o al otro, o caeré. A un lado, veo el futuro que iba a tener, y al otro, el pasado del que no logro desprenderme. Y abajo, muy abajo, en el centro del abismo, caen lágrimas de aire que nadie ve, ni oye caer.