domingo, 6 de septiembre de 2015
Me hace recordar en gritos silentes aquel demonio sin nombre ni cuerpo, aquel demonio que se alimenta de mi hombro, aquel que se arrastra entre llantos, que agoniza porque se encuentra en un solo corazón. Las notas se balancean bajitas, y me demuestran que siempre que exista aquel demonio, un año de recuerdos cabe en un instante de música. Abandono mi humanidad, es lo que hago, con los años, el tiempo mentiroso gangrena las heridas, crecen los cuernos, se vuelve mi piel escarcha y mis ojos pierden el lucero. Aquí estoy, sentada sin llegar a rozar el suelo, viendo pasar un tren que hace años que no pasa, en una estación que ni siquiera es de trenes, hablando en acústico y pensando en orquestal, percatándome, alimentándome de lo humilde, de que sensibilidad y dolor es una redundancia. De que a zancadas débiles mi metáfora se escarpa un poco más. Y la verdad, no sé, si alguna vez volverá a pasar el tren, si alguna vez volverán a escapar de mi pecho trompetazos. No sé si soy un ángel buscando de nuevo su azul, o un demonio teñido de estrellas. Pero hay algo que sé, y es que mi alma se haya en calma sabiendo que existen lugares en el mundo que, con mis manos, he dejado mi recuerdo.
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