miércoles, 24 de junio de 2015
Cerca. ¿Por qué aunque lejos esté, siempre me siento demasiado cerca? Los ecos desbocados que golpean mi pecho, casi son audibles, y recuerdan a la lágrima que retumba sobre el suelo de una cueva huérfana. Me advierten, por un momento la lógica hace presencia y me prohíbe mirarla, pero me resigno, me niego a parar. El tiempo, ese gran amo del ser humano, libra en estos momentos, y me quedo perdida en un tornado de reflexiones del que no puedo salir. ¡Ay, si tan solo ella alcanzara a comprender! Aunque, no la culpo, puesto que ni yo misma podría describir lo indescriptible, y la palabra “querer”, dimensiones esconde, eso es cierto, pero para mí en este instante, y siendo yo como soy de compleja, simplemente no expresa el sentimiento. El rayo de luz que atraviesa la tormenta, anunciando su fin. El aroma primero de los azahares, tras un duro invierno. El arrullo de las olas salitres, en la noche estival, que calma, y a la vez, desasosiega. La risa cristalina que vence a los demonios cotidianos, que demuestra lo absurdo que es el sentido común. Cada gota de lluvia, fecundando la tierra y nutriendo a las fuentes, alivio de mi sed. La fruta fresca aliada a la margarita. Todo eso y más me sugiere su nombre. Y desearía huir, correr lejos, y quedarme junto a mi cordura, pero a la vez quisiera, de su lado, jamás separarme.
Cerré los ojos. Recosté las manos sobre la tumbona, y las puse en mi estómago, de forma que podía notar si mi tripa bajaba o subía rítmicamente al respirar. Imaginé el más grande abismo, el acantilado más profundo que mi mente limitada era capaz de figurar. Cuando la línea entre la realidad y la imaginación comenzaba a desvanecerse, dejé a mis párpados volar y miré hacia arriba. Ahí estaba. El grandioso precipicio cae en la noche sobre nuestras espaldas. Se extiendió hasta donde alcanzaba el horizonte, y se tiñó de salpicaduras de luz, de gloriosos cuerpos titilantes, y entonces, irremediablemente, la niña de mi interior buscó con la mirada la Luna. Estaba tan lejos mi hogar... y sin embargo lo sentía dentro, su luz, sus océanos secos, su metáfora ideal. Hipnotizada por el silencio, suavemente interrumpido por el agua salina chocando contra las ya desgastadas rocas, decidí volver a cerrar los ojos. A mirar dentro del alma, a ver como se sentía tras semejante espectáculo. Había llegado de nuevo la calma. Arrullada por la infinidad y el misterio del propio sueño humano, me arranqué despacito lo consciente, y entre pinceladas de mar y hojas de luna, me quedé dormida, sin pensar demasiado, al menos, por esa noche.
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