sábado, 7 de mayo de 2016

Apenas quedó nada. Apenas un soplido, una mentira, apenas yo, no, apenas quedó un suspiro, hambriento de ser recordado. Un atardecer que ha marchitado por querer desafiar al tiempo. Sólo eso quedó. Una mirada que cruje, un fantasma con un corazón latiente. Me acerco a la orilla vacía. El mar me cura la herida, se abre hacia la extraña inmensidad y me acuna en su fragancia. Cuando las olas se quiebran y bulle la espuma, cuando las voces de la antiguedad me rinden a lo muerto, en la entelequia efímera vuelvo a perderme. A perderme entre los bosquejos de tu locura, a ampararme a lo que se me antojaba la sombra de tu sonrisa, pues los amores eternos están condenados a tenerse que entender con el olvido. Si ya no puedo seguir, si el sendero se perdió en mi caminar y ya no puedo existir si no me imaginas, entonces, ¿que será de mis poemas, que será de mi absurdez, de mi falsa cordura? Cuando tienes mil razones pero te falla la esencia. Cuando escuece la dulzura, cuando me sé libre pero me duele el cielo. Un lento asesinato de ternura. Una fiel estancia en las brasas de un recuerdo. Me quedé a las puertas del último invierno.
Entonces despierto. Despierto, y a mi alrededor, sólo hay reflejos de ausencia. Despierto, y cómo predijo la noche, muero otra vez.

martes, 29 de marzo de 2016

¿Hay algo que quede por decir? Era tímida. Era enormemente tímida, pero pude hablar con la voz alta porque tú estabas delante, y eras el mejor destinatario posible de mis palabras. Pero cometí el error de sentir en lugar de pensar. El frío de madera me muerde las manos, poco a poco la helada se extiende sobre mi piel, azulada por los años. Estar contigo no tenía nada de cierto. Era el epítome inefable de todos los sentidos. Este amor es magia; no un truco. Es artístico. Cumple su finalidad: acabar con mi anhedonia franca, hacer que estallen entre mi cráneo y esternón la encontrada incertidumbre de no hallarte en momentos de niebla. ¿Y cuando me imagino sin ti? Un psiquiatra lo llamaría ataque de pánico. Un poeta lo llamaría nudos dolorosos que envuelven el terror de papel. Un niño no tendría forma de llamarlo; simplemente lloraría. Entre cuatro o mas paredes blancas sentí enloquecer, sentí que rompería mi voz si no lograba tocarte, pero sólo hubo allí una mano para consolar mi sed. La mía. Y ella, buscando tu recuerdo halló al papel, y el papel le trajo fantasía. Escribí. Sencillamente escribí. Le mentí a mis lágrimas imaginando estar contigo, y en cada situación cotidiana que narré, disfrutaba falsamente de tu imagen. Así me di cuenta de que soy un fantasma, y vivo sin vivir de los momentos intangibles que nunca salen de mis sueños. He dejado de usar imágenes poéticas. Me entregué a la fragilidad por un destino, por un para siempre instantáneo, por un momento infinito. Era imposible. Loco. Efímero. Pero cuando alguien se convierte en tu abismo, qué difícil resulta no querer tirarte, aunque no sepas volar.

sábado, 20 de febrero de 2016

Es de noche. Hoy me he adelantado al tiempo, y me ha empezado a acosar una idea. Durante varios segundos he golpeado suavemente la encimera de la cocina planteándome si escribirla o no. Pero mi mente va en formato cuartilla, y la he educado para que me murmulle: “Celia, simplemente escribe.” El sábado se ha detenido. Ahora solo es de noche. Aunque mi atmósfera es el sonido incesante de una tubería, ahora mismo podría estar en cualquier lugar, fuera incluso de la tierra. Esta idea es tan enrevesada como probable. ¿Y si fuiste producto de mi imaginación? He ahí la cuestión. Al fin y al cabo escribo en segunda voz muy a menudo, y cuando hago eso, ¿te hablo a ti? ¿Hablo a un personaje? Nadie te recuerda como yo lo hago. Las miradas, el resulgente trigo dorado, la seguridad de un niño defendida por su gorro. Son cosas que se encuentran en una habitación vacía bastante lamentable, en algún rincón de un escritor mediocre. Heme aquí dispuesta a aceptar ese cargo. ¿Acaso no escribo sobre ti cada vez que escribo? Siempre dejo tu firma en algún lugar de mis palabras. La gente sabe que estuviste aquí. Sabe que te escondes detrás de la nieve y del gris cuando te nombro sin decir tu nombre. No saben quien eres. Pero pueden imaginar el lugar que ocupaste; todos los hombres pueden reconocer el aroma de un pecho enamorado. Querido remitente de mis cartas al aire, querido fantasma de inicial desconocida, hoy ha llegado el momento. Querida ancla del océano de mi recuerdo. ¿Exististe? ¿Otras personas te vieron como te vi yo? No, resumo aún más, ¿otras personas te vieron? Quizás es por eso que mi corazón reacciona defensivo cuando veo qué se supone que eres. ¡Ese no es el fuelle de mis alientos! Es curioso. El chico que yo creía (hablo finalmente en pasado) era capaz de ser protagonista de una biografía que no era la suya. Así estaba formado, de cristales reflectantes. Era una criatura irrepetible. Así que, ¿y si tu primer latido golpeó una de mis letras? Es algo presuntuoso. Puede ser que nacieras así. Y que en algún momento despiadado haya tenido que liberarte. Aunque, como es natural, no quiero creerlo. Nunca me he comprendido, y siempre he querido que otra persona lo hiciera. Romper el tiempo de esta forma no parece natural. ¿En que momento encontré musical el silencio, cuándo decidí que para que algo como nosotros tuviera sentido, mi estrella sería la del caos? ¿Y si soy yo tu personaje, y vivo sin vivir buscando a un autor que me dibuje? Si así fuera, nadie podría hacerlo salvo tú. Y todo esto seria producto de un borrador abandonado. Podría mirar las fotos en mi antigua cámara y aniquilar esta hipótesis. Podría abrir el ordenador y releer las conversaciones que atardecían a diario casi por tradición. Pero no quiero. Porque sé que en el fondo, la idea de formar parte de un poema da forma a mi perspectiva. Ya sé que no existe la magia. Desgraciadamente, es más triste que eso. Porque si yo fuera el origen de aquellas manos castigadas, la última linea nunca habría llegado. Porque si era yo la autora de esta historia, mil y otras mil veces hubiera escrito tu vuelta.

domingo, 7 de febrero de 2016

Espero que nunca pienses que por mi silencio te quiero menos. Espero que nunca pienses que alcanzas tan sólo un segundo plano en mis pensamientos. Espero que nunca pienses que te guardo poco en mi pecho. Me despierto pensando en errores, y me acuesto con ese pensamiento pesado e intrusivo que no me ha atosigado suficiente durante el día. Pero siempre hay lugar para ti entre mis historias. ¿Qué puedo decir? ¿Qué puedo gritarle al aire ensoñador que me amordaza? Me he vuelto pesimista por cada palabra, me he hundido en mi propia agua, he perdido de vista la luna y el horizonte, y el sol se escapa desde que recuerdo. Siempre que encuentro una hoja en blanco espero que juegues con ella, espero poder tener adjetivos suficientes para retratarte, pero se me ahogan las metáforas, me golpea la verdad de lo mucho que me ardes. “Para mí eres perfecto”. ¡Y cuánta verdad en una sola frase! Me pregunto si cuando el tiempo pase, seré capaz de dibujar lo que estoy sintiendo, seré capaz de encontrar el final a los alambres negros de mi garganta. Quién tuviera unas tenazas. Velo, vuelo y vuelvo como animal a su arroyo, como punto a su final, pero las luces nocturnas son un terrible conjunto de voces que exclaman que tú vives, y yo no te tengo. Cuando se cierne sobre mi espalda la noche, las estrellas claman despedidas tenebrosas. No quiero recordarlas, no lo resisto. Mis ojos son lluvia, café y lana, y madera antigua, mis manos han sido congeladas por el tiempo, mi piano se asemeja al traqueteo de una máquina de escribir, y como estímulo tengo una fragancia salina; así me reconozco pues, como he sido y seré siempre, una niña del invierno. Mientras que tú eres fuego en las penumbra. Somos dos vías paralelas, y nos cruzaremos en el infinito, y me temo que me falta la paciencia. Quizás escribo siempre sobre el cielo porque me alumbra tan sólo la luz de un portátil. Quizá no articulo palabra en tu nombre porque prefiero sufrir a tu lado, que hacerlo sin ti.