Apenas quedó nada. Apenas un soplido, una mentira, apenas yo, no, apenas quedó un suspiro, hambriento de ser recordado. Un atardecer que ha marchitado por querer desafiar al tiempo. Sólo eso quedó. Una mirada que cruje, un fantasma con un corazón latiente. Me acerco a la orilla vacía. El mar me cura la herida, se abre hacia la extraña inmensidad y me acuna en su fragancia. Cuando las olas se quiebran y bulle la espuma, cuando las voces de la antiguedad me rinden a lo muerto, en la entelequia efímera vuelvo a perderme. A perderme entre los bosquejos de tu locura, a ampararme a lo que se me antojaba la sombra de tu sonrisa, pues los amores eternos están condenados a tenerse que entender con el olvido. Si ya no puedo seguir, si el sendero se perdió en mi caminar y ya no puedo existir si no me imaginas, entonces, ¿que será de mis poemas, que será de mi absurdez, de mi falsa cordura? Cuando tienes mil razones pero te falla la esencia. Cuando escuece la dulzura, cuando me sé libre pero me duele el cielo. Un lento asesinato de ternura. Una fiel estancia en las brasas de un recuerdo. Me quedé a las puertas del último invierno.
Entonces despierto. Despierto, y a mi alrededor, sólo hay reflejos de ausencia. Despierto, y cómo predijo la noche, muero otra vez.
Si eres la Celia que pienso que eres, me gustaría saber como se encuentra tu hermana. Si no quieres que hablemos por aquí, podemos hacerlo a través del correo electrónico. Un abrazo
ResponderEliminar