Esto lo escribí hace ya año y pico, cuando las cosas empezaron a ir mal. Estaba increíblemente triste, pero era una tristeza serena, supongo.
Al principio todo estaba hecho de una agradable luz.
Una tierna inquietud, un suspiro inocente tras otro. Miradas tímidas que se
cruzaban al azar, y con ellas, mejillas candentes. Al principio todo estaba
hecho de ilusiones. De la diversión que proporcionaba hacer especulaciones
sobre el futuro, especulaciones independientes e inciertas. Creo que, al
principio, todo es un latido tras otro, incansable. Creo que dos pájaros
extraños se encontraron aquella vez. Creo que mis alas heridas hubieran luchado
kilómetros por ver qué había de verdad en aquel futuro. Y volé. Pasó el tiempo,
eterno viajero del ocaso, renovador y a la vez verdugo, de lo bueno y lo malo.
Pensé que si nos manteníamos juntos nada podría faltarme, pensé que sólo podría
añorar cada uno de tus rostros. Hoy me planto frente a un espejo, y odio la
imagen que me mira desde allí, las tinieblas. Me ha golpeado el sol, pero mi
piel aún sigue siendo pálida. Y se escarcha cuando pienso en lo que he perdido
tontamente. Pienso: soy mi mayor enemiga. El miedo a ser arrojada al abismo es
lo que me ha devuelto a él. No han sido los puñales arrojadizos que me han
atacado, que han rozado mi piel sin llegar a clavarse del todo. No han sido las
máscaras venecianas sonrientes de mis pesadillas. Lo que me ha traído a esta
jaula sin barrotes no es más que mi propio terror a acabar encerrada. He
tardado en darme cuenta. Yo les di de lado. Yo y mi agonía. Mientras me
retorcía como un tallo podrido en un colchón, bien tapada por algo que en
realidad no me protegía, aterrada por enfrentarme a un “no”. Bien, pues lo he
logrado. Ese “no” jamás llegó. A cambio, lentamente desaparecieron.
Especialmente tú. Ahora temo al sueño, no por las pesadillas, sino porque cada
vez que te veo en ellos me pasa factura el tiempo y temo olvidarme de tu voz,
temo olvidarme de haberte soñado. Temo que te vayas de nuevo en los sueños en
los que estoy muriendo. Aún se recorta mi aire cuando remembro aquella vez, en
la que, posiblemente, vi a la persona más hermosa que podría tropezarse ante mí.
Y escribo esto porque no sé cómo expresarlo, porque nunca nadie me ha hecho
sentir tan impotente, y tan poderosa. Porque nadie en este mundo me hizo sentir
tan importante, y tan insignificante. Quizás es por eso, porque cada noche le
cuento a la Luna mis recuerdos, porque amo hablarle de ti, y por eso, si alguna
vez ella te mira y te reconoce, no te sorprendas. Cada noche respiro un poema
que lleva tu nombre. He llegado a un punto del camino en el que ya no me
importa si poco a poco me evaporo, si mi luz se está yendo con la última
estrella, si mis lágrimas se las llevará la postrera ola del mar. Pues es el
precio que he pagado por, aun conociendo los riesgos, haber amado de nuevo.
Pues me basta con saber que, una vez, compartimos el mismo firmamento.
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